«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).


27 de abril de 2017

EL PAPA A LA TED 2017: CAMBIAR EL MUNDO CON LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA



Texto del vídeomensaje del Santo Padre
¡Buenas noches – o buenos días-  no sé que hora es allí donde  estáis vosotros ¡
A cualquier hora, sin embargo, estoy contento  de participar en vuestro encuentro. Me ha gustado mucho el título – “The future you” – porque, mientras mira hacia el futuro, invita ya desde ahora, al diálogo: mirando hacia el futuro, invita a dirigirse a un “tú”. “The future you”, el futuro lo haces tú,  está hecho de encuentros  porque la vida fluye a través de las relaciones. Varios años de  vida han hecho que en mí madure  cada vez más la convicción de  que la existencia de cada uno de nosotros está ligada a la de los demás: la vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentro.
Cuando encuentro o  escucho a los  enfermos que sufren, a los migrantes que se enfrentan a enormes dificultades en busca de un futuro mejor, a los presos  que llevan el infierno en sus corazones, a personas, especialmente jóvenes, que no  tienen trabajo,  a menudo me acompaña  una pregunta: “¿Por qué ellos y no yo?”. Yo también nací  en una familia de  emigrantes: mi padre, mis abuelos, al igual que muchos otros italianos,  emigraron a Argentina y conocieron la suerte  de los que se quedan sin nada. Yo también habría podido ser  uno de los “descartados” de hoy. Por  eso , en mi corazón está siempre esta pregunta: “¿Por qué ellos y no yo?”
Quisiera en primer lugar que este encuentro nos ayudase a recordar que todos  nos necesitamos  los unos alos otros, que ninguno de nosotros es una isla, un yo autónomo e independiente de los demás, que  podemos construir el futuro solo si estamos juntos, sin excluir a nadie. A menudo no pensamos en ello, pero en realidad todo está relacionado  y  necesitamos siempre reparar nuestros enlaces: también ese duro juicio que albergo en mi corazón contra mi hermano o mi hermana, esa herida no curada, ese  mal no  perdonado, ese rencor que solo me hará daño , es un pedazo de guerra que llevo dentro, es un fuego  en el corazón, que hay que apagar para que no se convierta en un incendio y no deje cenizas.
Muchos hoy en día, por diversas razones, parece que  no creen  posible un futuro feliz. Estos temores se deben tomar en serio. Pero no son invencibles. Se pueden superar si no nos  encerramos en nosotros mismos. Porque la felicidad sólo se experimenta como un don de la armonía de cada detalle con el todo. Incluso las ciencias – como  sabéis mejor que yo –  nos indican hoy  una comprensión de la realidad, donde todo existe en relación, en interacción constante con las otras.
Y aquí llego a mi segundo mensaje. ¡Que bonito sería si al crecimiento de las innovaciones científicas y tecnológicas correspondiera también una equidad  y una inclusión social cada vez mayores! ¡Que bonito sería que a medida que descubrimos nuevos planetas lejanos, volviéramos a descubrir  las necesidades del hermano  o  de la  hermana en órbita alrededor de mí! ¡Qué bonito sería que la fraternidad, esa palabra tan hermosa y, a veces incómoda, no se redujera exclusivamente a asistencia social, sino que se convirtiera en la actitud de fondo en las opciones  en el ámbito  político, económico, científico, en las relaciones entre las personas, entre los pueblos y los países!. Sólo la educación a la  fraternidad, a una solidaridad concreta, puede superar la “cultura del descarte” que no atañe solamente a la comida y a los bienes,  sino en primer lugar a  las personas que son marginadas por  sistemas técnico-económicos cuyo centro a menudo – sin que nos demos cuenta-  no es  el ser humano, sino los  productos del ser humano.
La solidaridad es una palabra que muchos quieren quitar del diccionario. La solidaridad, sin embargo, no es un mecanismo automático, no puede ser programado o controlado: es una respuesta libre que viene del corazón de cada uno. Sí, ¡una respuesta libre! Si uno entiende que su vida, aún en medio de muchas contradicciones, es un don, que el amor es el origen y el significado de la vida, ¿cómo se puede frenar el deseo de hacer el bien a los demás?
Para ser activos en el bien hace falta memoria, hace falta valor  y también creatividad. Me han dicho  que en TED se reúne mucha gente creativa. Sí, el amor exige una respuesta creativa, práctica e ingeniosa. No son  suficientes las buenas intenciones y las fórmulas usuales, que a menudo sólo sirven para apaciguar las conciencias. Ayudémonos juntos  a recordar que los otros no  son estadísticas o números: el otro tiene un rostro, el “tú” es siempre un rostro concreto, un hermano al que prestar atención.
Hay una historia narrada por Jesús  para que  entendiéramos la diferencia entre el  que no se incomoda y el que   cuida del otro. Probablemente habréis oído hablar de ella: es la parábola del buen samaritano. Cuando le preguntaron a Jesús: ¿Quién es mi prójimo?,  – es decir- ¿De quien debo cuidar? – Jesús contó esta historia, la historia de un hombre que los ladrones habían atacado, robado, golpeado y abandonado en medio del camino. Dos personas muy respetables en aquella época, un sacerdote y un levita,  lo vieron pero pasaron de largo. Entonces llegó un samaritano, que pertenecía a un grupo étnico despreciado, y este samaritano viendo  a este hombre herido en el suelo, no pasó de largo como los otros, como si nada hubiera sucedido, sino que  tuvo compasión. Tuvo compasión y la compasión lo llevó a hacer cosas muy concretas:  virtió aceite y  vino en las heridas del hombre, lo llevó a una posada  y pagó de su propio bolsillo para que lo cuidasen.
La del Buen Samaritano es la historia de la humanidad actual. En el camino de los pueblos  hay heridas causadas por el hecho de que  el centro lo ocupan el dinero, las cosas, no las  personas. Y a menudo, la gente que se considera “respetable”, tiene la costumbre de no  preocuparse por los demás, dejando a muchos seres humanos, pueblos  enteros, detrás, tirados por el suelo. Pero también están aquellos que dan vida a un nuevo mundo, cuidando de los demás, incluso a sus propias expensas. De hecho – decía la Madre  Teresa de Calcuta – no se puede amar si no a expensas propias .
Hay mucho que hacer, y debemos hacerlo juntos. Pero ¿qué hacer, con el mal que respiramos? Gracias a Dios, ningún sistema puede cancelar la apertura hacia el bien,  la compasión, la capacidad de reaccionar ante el mal que surgen del corazón del ser humano. Ahora bien, me podriaís decir:  “Sí, son bellas palabras, pero  yo no soy el Buen Samaritano y tampoco la Madre  Teresa de Calcuta”. En cambio, cada uno de nosotros es inapreciable; cada uno de nosotros es irreemplazable ante los ojos de Dios. En la noche de los conflictos que estamos atravesando, cada uno de nosotros puede ser una vela encendida que recuerda que la luz prevalece sobre la oscuridad, no al contrario.
Para nosotros, los cristianos,  el futuro tiene un nombre y este nombre es  esperanza. Tener esperanza no significa ser optimistas ingenuos que ignoran el drama del mal de la humanidad. La esperanza es la virtud de un corazón que no se cierra en la oscuridad, no se detiene en el pasado, no  se mantiene a flote en el presente, sino que  sabe  ver el mañana. La esperanza es la puerta abierta hacia el porvenir. La esperanza es una semilla de  vida humilde y escondida pero que se transforma con el tiempo en un gran árbol.  Es como una levadura invisible, que hace subir toda la masa,  que da sabor a toda la vida. Y puede hacer mucho, porque basta una pequeña luz que se alimente de la esperanza, y la oscuridad ya no será completa.  Basta un  hombre solo , para que haya esperanza, y ese hombre puedes ser tú. Después hay otro “tú” y otro”tú”, y entonces nos convertimos  en “nosotros”. Y cuando existe el “nosotros”, ¿comienza la esperanza? No. Esa empezaba  con el “tú”. Cuando existe el  nosotros, comienza una revolución.
El tercer y último mensaje que  me gustaría compartir hoy se refiere precisamente  a la revolución: la revolución de la ternura. ¿Qué es la ternura? Es el amor que se  hace cercano y concreto. Es un movimiento que procede del corazón y llega a los ojos,a los oídos, a las manos. La ternura es usar los ojos para ver al otro, usar los oídos para escuchar al otro, para  oír el grito de los pequeños, de los pobres, de los que temen el futuro;  escuchar también el grito silencioso de nuestra casa común, la tierra contaminada y enferma. La ternura  consiste en utilizar las manos y el corazón para acariciar al otro. Para cuidarlo.
La ternura es el lenguaje de los más pequeños , del que necesita al otro: un niño siente afecto y conoce a su padre   y a su madre por las caricias, por la mirada, por la voz, por la ternura. Me gusta escuchar cuando el padre o la madre hablan a su niño pequeño,  cuando ellos también se vuelven hijos, hablando como habla él, el pequeño. Esta es la ternura, abajarse al  nivel del otro. También Dios se abajó en Jesús para ponerse a nuestro nivel. Este es el camino seguido por el Buen Samaritano. Este es el camino seguido por Jesús, que se abajó, que atravesó  toda la vida del ser humano con el lenguaje concreto del amor.
Sí, la ternura es el camino que han recorrido los hombres y las mujeres  más valientes y fuertes. La  ternura no es debilidad, es  fortaleza. Es el camino de la solidaridad, el camino de la humildad. Permitidme  decirlo claramente: cuanto más poderoso eres, cuanto más repercuten tus  acciones en la gente, más estás llamado a ser humilde. Porque, de lo contrario,  el poder  te arruina y tu arruinarás a los demás. En Argentina se decía que el poder es como la ginebra bebida con el estómago vacío: hace que te dé vueltas la cabeza, te emborrachas,  pierdes  el equilibrio y te lleva a hacerte daño o a hacérselo a los otros, si no lo juntas con la humildad y la  ternura. Con la  humildad  y el amor concreto, en cambio,  el poder – el más alto, el más fuerte – se convierte en servicio y difunde el bien.
El futuro de la humanidad no está solamente  en manos de los políticos,de  los grandes líderes,de  las grandes empresas . Sí, su responsabilidad es enorme. Pero el futuro está, sobre todo, en manos de las personas que reconocen al otro como  un “tú” y a ellos mismos como parte de un “nosotros” .
Nos necesitamos unos a otros.  Y por eso, por favor, acordaos también de mí con ternura, para que lleve a cabo la tarea que me ha sido confiada para el bien de los otros, de todos, de todos vosotros, de todos nosotros.Gracias.


2017.04.27 Pope Francis meets with the participants to the Catholic Act...

CATEQUESIS DEL PAPA: «CRISTO RESUCITADO CAMINA SIEMPRE CON NOSOTROS»

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
«Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Estas últimas palabras del Evangelio de Mateo evocan el anuncio profético que encontramos al inicio: «A Él le pondrán el nombre de Emanuel, que significa: Dios con nosotros» (Mt 1,23; Cfr. Is 7,14). Dios estará con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Jesús caminará con nosotros: todos los días, hasta el fin del mundo. Todo el Evangelio esta contenido entre estas dos citas, palabras que comunican el misterio de Dios cuyo nombre, cuya identidad es estar-con: no es un Dios aislado, es un Dios-con nosotros, en particular con nosotros, es decir, con la creatura humana. Nuestro Dios no es un Dios ausente, secuestrado en un cielo lejano; es en cambio un Dios “apasionado” por el hombre, así tiernamente amante de ser incapaz de separarse de él. Nosotros humanos somos hábiles en arruinar vínculos y derribar puentes. Él en cambio no. Si nuestro corazón se enfría, el suyo permanece siempre incandescente. Nuestro Dios nos acompaña siempre, incluso si por desgracia nosotros nos olvidáramos de Él. En el punto que divide la incredulidad de la fe, es decisivo el descubrimiento de ser amados y acompañados por nuestro Padre, de no haber sido jamás abandonados por Él.
Nuestra existencia es una peregrinación, un camino. A pesar de que muchos son movidos por una esperanza simplemente humana, perciben la seducción del horizonte, que los impulsa a explorar mundos que todavía no conocen. Nuestra alma es un alma migrante. La Biblia está llena de historias de peregrinos y viajeros. La vocación de Abraham comienza con este mandato: «Deja tu tierra» (Gen 12,1). Y el patriarca deja ese pedazo de mundo que conocía bien y que era una de las cunas de la civilización de su tiempo. Todo conspiraba contra la sensatez de aquel viaje. Y a pesar de ello, Abraham parte. No se convierte en hombres y mujeres maduros si no se percibe la atracción del horizonte: aquel límite entre el cielo y la tierra que pide ser alcanzado por un pueblo de caminantes.
En su camino en el mundo, el hombre no está jamás sólo. Sobre todo el cristiano no se siente jamás abandonado, porque Jesús nos asegura que no nos espera sólo al final de nuestro largo viaje, sino nos acompaña en cada uno de nuestros días.
¿Hasta cuándo perdurará el cuidado de Dios en relación al hombre? ¿Hasta cuándo el Señor Jesús, caminará con nosotros, hasta cuándo cuidará de nosotros? La respuesta del Evangelio no deja espacio a la duda: ¡hasta el fin del mundo! Pasaran los cielos, pasará la tierra, serán canceladas las esperanzas humanas, pero la Palabra de Dios es más grande de todo y no pasará. Y Él será el Dios con nosotros, el Dios Jesús que camina con nosotros. No existirá un día de nuestra vida en el cual cesaremos de ser una preocupación para el corazón de Dios. Pero alguno podría decir: “¿Qué cosa esta diciendo usted?”. Digo esto: no existirá un día de nuestra vida en el cual cesaremos de ser una preocupación para el corazón de Dios. Él se preocupa por nosotros, y camina con nosotros, y ¿Por qué hace esto? Simplemente porque nos ama. ¿Entendido? ¡Nos ama! Y Dios seguramente proveerá a todas nuestras necesidades, no nos abandonará en el tiempo de la prueba y de la oscuridad. Esta certeza pide hacer su nido en nuestra alma para no apagarse jamás. Alguno la llama con el nombre de “Providencia”. Es decir, la cercanía de Dios, el amor de Dios, el caminar de Dios con nosotros se llama también “Providencia de Dios”: Él provee nuestra vida”.
No es casual que entre los símbolos cristianos de la esperanza existe uno que a mí me gusta tanto: es el ancla. Ella expresa que nuestra esperanza no es banal; no se debe confundir con el sentimiento mutable de quien quiere mejorar las cosas de este mundo de manera utópica, haciendo, contando sólo en su propia fuerza de voluntad. La esperanza cristiana, de hecho, encuentra su raíz no en lo atractivo del futuro, sino en la seguridad de lo que Dios nos ha prometido y ha realizado en Jesucristo. Si Él nos ha garantizado que no nos abandonará jamás, si el inicio de toda vocación es un “Sígueme”, con el cual Él nos asegura de quedarse siempre delante de nosotros, entonces ¿Por qué temer? Con esta promesa, los cristianos pueden caminar donde sea. También atravesando porciones de mundo herido, donde las cosas no van bien, nosotros estamos entre aquellos que también ahí continuamos esperando. Dice el salmo: «Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo» (Sal 23,4). Es justamente donde abunda la oscuridad que se necesita tener encendida una luz. Volvamos al ancla: el ancla es aquello que los navegantes, ese instrumento, que lanzan al mar y luego se sujetan a la cuerda para acercar la barca, la barca a la orilla. Nuestra fe es el ancla del cielo. Nosotros tenemos nuestra vida anclada al cielo. ¿Qué cosa debemos hacer? Sujetarnos a la cuerda: está siempre ahí. Y vamos adelante porque estamos seguros que nuestra vida es como un ancla que está en el cielo, en esa orilla a dónde llegaremos.
Cierto, si confiáramos solo en nuestras fuerzas, tendríamos razón de  sentirnos desilusionados y derrotados, porque el mundo muchas veces se muestra contrario a las leyes del amor. Prefiere muchas veces, las leyes del egoísmo. Pero si sobrevive en nosotros la certeza de que Dios no nos abandona, de que Dios nos ama tiernamente y a este mundo, entonces en seguida cambia la perspectiva. “Homo viator, spe erectus”, decían los antiguos. A lo largo el camino, la promesa de Jesús «Yo estoy con ustedes» nos hace estar de pie, erguidos, con esperanza, confiando que el Dios bueno está ya trabajando para realizar lo que humanamente parece imposible, porque el ancla está en la orilla del cielo.
El santo pueblo fiel de Dios es gente que está de pie – “homo viator” –  y camina, pero de pie, “erectus”, y camina en la esperanza. Y a donde quiera que va, sabe que el amor de Dios lo ha precedido: no existe una parte en el mundo que escape a la victoria de Cristo Resucitado. ¿Y cuál es la victoria de Cristo Resucitado? La victoria del amor. Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

25 de abril de 2017

VIDEOMENSAJE AL PUEBLO DE EGIPTO


Querido pueblo de Egipto:

Al Salamò Alaikum! / La paz esté con vosotros.

Con el corazón lleno de gratitud y rebosante de alegría visitaré dentro de pocos días vuestra amada Patria: cuna de civilización, don del Nilo, tierra de sol y hospitalidad, donde vivieron Patriarcas y Profetas, y donde Dios, Clemente y Misericordioso, Todopoderoso y Único, hizo resonar su voz.

Me siento realmente feliz de ir como amigo, como mensajero de paz y como peregrino al País que, hace dos mil años, dio refugio y hospitalidad a la Sagrada Familia, que huía de las amenazas del Rey Herodes (cf. Mt 2,1-16). Me siento honrado de visitar la tierra en la que habitó la Sagrada Familia.

Os saludo cordialmente y os agradezco vuestra invitación para visitar Egipto, al que vosotros llamáis «Umm il Dugna» / Madre del Universo.

Agradezco vivamente al Señor Presidente de la República, a Su Santidad el Patriarca Tawadros II, al Gran Imán de Al-Azhar y al Patriarca Copto–Católico por su invitación. Doy las gracias a cada uno de vosotros que me acogéis en vuestro corazón. Mi agradecimiento también a todas las personas que han trabajado, y están trabajando, para hacer posible este viaje.

Deseo que esta visita sea como un abrazo de consuelo y de aliento para todos los cristianos de Oriente Medio; un mensaje de amistad y de estima para todos los habitantes de Egipto y de la Región; un mensaje de fraternidad y de reconciliación para todos los hijos de Abrahán, de manera particular para el mundo islámico, en el que Egipto ocupa un lugar destacado. Espero también que contribuya eficazmente al diálogo interreligioso con el mundo islámico y al diálogo ecuménico con la venerada y amada Iglesia Copto-Ortodoxa.

Nuestro mundo, desgarrado por la violencia ciega —que también ha golpeado el corazón de vuestra querida tierra— tiene necesidad de paz, de amor y de misericordia. Tiene necesidad de agentes de paz y de personas libres y liberadoras, de gente valiente que sepa aprender del pasado para construir el futuro sin encerrarse en prejuicios. Tiene necesidad de constructores de puentes de paz, de diálogo, de fraternidad, de justicia y de humanidad.

Queridos hermanos egipcios, jóvenes y ancianos, mujeres y hombres, musulmanes y cristianos, ricos y pobres…, os abrazo cordialmente y pido a Dios Todopoderoso que os bendiga y proteja vuestro País de todo mal.

Por favor, rezad por mí. Shukran wa Tahiahì! Gracias y ¡viva Egipto!

23 de abril de 2017

EL PAPA EN EL REZO DEL REGINA COELI: «LA DIVINA MISERICORDIA NOS COMPROMETE A SER INSTRUMENTOS DE PAZ Y HACE VISIBLE A JESÚS RESUCITADO»

Texto completo de las palabras del Papa antes del rezo del Regina Coeli
«Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Sabemos que cada domingo hacemos memoria de la resurrección del Señor Jesús, pero en este periodo después de la Pascua, el domingo se reviste de un significado aún más iluminante. En la tradición de la Iglesia, este domingo, el primero después de la Pascua, se denominaba ‘in albis’. ¿Qué significa esto? Esta expresión se proponía evocar el rito que cumplían cuantos habían recibido el bautismo en la Vigilia de Pascua. A cada uno de ellos se les entregaba una túnica blanca – ‘alba’ – ‘blanca’, para indicar la nueva dignidad de los hijos de Dios. Aún hoy se sigue haciendo, a los recién nacidos se les ofrece una pequeña túnica simbólica, al tiempo que los adultos visten una verdadera, como vimos en la Vigilia Pascual. Y aquella túnica blanca, en el pasado, se llevaba puesta durante una semana, hasta este domingo y de ello deriva el nombre ‘in albis deponendis’, que significa el domingo en el que se quita la túnica blanca. Y así, cuando se quitaban la túnica blanca, los neófitos comenzaban una vida nueva en Cristo y en la Iglesia.

Hay otra cosa. En el Jubileo del año 2000, San Juan Pablo II estableció que este domingo se dedicara a la Divina Misericordia. ¡Es verdad, fue una bella intuición: fue el Espíritu Santo el que lo inspiró en esto! Desde hace pocos meses hemos concluido el Jubileo extraordinario de la Misericordia y este domingo nos invita a retomar con fuerza la gracia que proviene de la misericordia de Dios. El Evangelio de hoy es la narración de la aparición de Cristo resucitado a los discípulos reunidos en el cenáculo (Cfr Jn 20, 19-31). Escribe San Juan que Jesús, después de haber saludado a sus discípulos, les dijo: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen» (21- 23). He aquí el sentido de la misericordia que se presenta justo el día de la resurrección de Jesús como perdón de los pecados. Jesús Resucitado ha transmitido a su Iglesia, como primera tarea, su misma misión de llevar a todos el anuncio concreto del perdón. Ésta es la primera tarea: anunciar el perdón. Este signo visible de su misericordia lleva consigo la paz del corazón y la alegría del encuentro renovado con el Señor.

La misericordia en la luz de la Pascua se deja percibir como una verdadera forma de conocimiento. Y esto es importante: la misericordia es una verdadera forma de conocimiento. Sabemos que se conoce a través de tantas formas. Se conoce a través de los sentidos, se conoce a través de la intuición, la razón y otras más. Pues bien, ¡se puede conocer también a través de la experiencia de la misericordia.  Porque la misericordia abre la puerta de la mente para comprender mejor el misterio de Dios y de nuestra existencia personal. La misericordia nos hace comprender que la violencia, el rencor, la venganza no tienen sentido alguno y que la primera víctima es la que vive con estos sentimientos, porque se priva de su propia dignidad. La misericordia abre también la puerta del corazón y permite expresar cercanía, sobre todo a cuantos están solos y marginados, porque los hace sentir hermanos e hijos de un solo Padre. Ella favorece el reconocimiento de cuantos tienen necesidad de consolación y hace encontrar palabras adecuadas para dar conforto.

Hermanos y hermanas, la misericordia calienta el corazón y lo vuelve sensible a las necesidades de los hermanos con el compartir y la participación. La misericordia, en resumen, nos compromete a todos a ser instrumentos de justicia, de reconciliación y de paz. Nunca olvidemos que la misericordia es la clave en la vida de fe y la forma concreta con la que damos visibilidad a la resurrección de Jesús.

Que María, Madre de la Misericordia, nos ayude a creer y a vivir con alegría todo esto»


(Traducción del italiano: Cecilia de Malak)

EL PAPA REZA POR LOS NUEVOS MÁRTIRES, “ELLOS SON LA SANGRE VIVA DE LA IGLESIA”

Texto completo de la homilía del Papa Francisco
Hemos venido como peregrinos a esta Basílica de San Bartolomé en la Isla Tiberina, donde la historia antigua del martirio se une a la memoria de los nuevos mártires, de tantos cristianos asesinados por las desequilibradas ideologías de siglo pasado, y asesinados sólo porque eran discípulos de Jesús.
El recuerdo de estos heroicos testimonios antiguos y recientes nos confirma en la conciencia que la Iglesia es una Iglesia de mártires. Y los mártires son aquellos que, como nos lo ha recordado el Libro del Apocalipsis, «vienen de la gran tribulación y han lavado sus vestiduras, haciéndolas cándidas en la sangre del Cordero» (7,17). Ellos han tenido la gracia de confesar a Jesús hasta el final, hasta la muerte. Ellos sufren, ellos donan la vida, y nosotros recibimos la bendición de Dios por su testimonio. Y existen también tantos mártires escondidos, esos hombres y esas mujeres fieles a la fuerza humilde del amor, a la voz del Espíritu Santo, que en la vida de cada día buscan ayudar a los hermanos y de amar a Dios sin reservas.
Si miramos bien, la causa de toda persecución es el odio del príncipe de este mundo hacia cuantos han sido salvados y redimidos por Jesús con su muerte y con su resurrección. En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (Cfr. Jn 15,12-19) Jesús usa una palabra fuerte y escandalosa: la palabra “odio”. Él, que es el maestro del amor, a quien gustaba mucho hablar de amor, habla de odio. Pero Él quería siempre llamar las cosas por su nombre. Y nos dice: “No se asusten. El mundo los odiará; pero sepan que antes de ustedes, me ha odiado a mí”.
Jesús nos ha elegido y nos ha rescatado, por un don gratuito de su amor. Con su muerte y resurrección nos ha rescatado del poder del mundo, del poder del diablo, del poder del príncipe de este mundo. Y el origen del odio es este: porque nosotros hemos sido salvados por Jesús, y el príncipe de este mundo esto no lo quiere, él nos odia y suscita la persecución, que desde los tiempos de Jesús y de la Iglesia naciente continúa hasta nuestros días. ¡Cuántas comunidades cristianas hoy son objeto de persecución! ¿Por qué? A causa del odio del espíritu del mundo.
Cuantas veces, en momentos difíciles de la historia, se ha escuchado decir: “Hoy la patria necesita héroes”. Los mártires pueden ser pensados como héroes pero lo fundamental del mártir es que es uno que ha recibido una gracia. Existe la gracia de Dios, no el coraje, no valentía, ésto es lo que lo hace mártir.
Hoy, del mismo modo, nos podemos preguntar: “¿Qué cosa necesita hoy la Iglesia?” Mártires, testimonios, es decir, Santos, aquellos de la vida ordinaria, porque son los Santos los que llevan adelante a la Iglesia. ¡Los Santos!, sin ellos la Iglesia no puede ir adelante. La Iglesia necesita de los Santos de todos los días, de la vida ordinaria llevada adelante con coherencia; pero también de aquellos que tienen la valentía de aceptar la gracia de ser testigos hasta el final, hasta la muerte. Todos ellos son la sangre viva de la Iglesia. Son los testimonios que llevan adelante la Iglesia; aquellos que atestiguan que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo, y lo testifican con la coherencia de vida y con la fuerza del Espíritu Santo que han recibido como don.
Yo querría hoy añadir un ícono más en esta Iglesia: una mujer. No sé su nombre, pero ella nos mira desde el Cielo. Cuando estaba en Lesbos, saludaba a los refugiados y encontré a un hombre de 30 años con tres niños que me ha dicho: "Padre yo soy musulmán, pero mi esposa era cristiana. A nuestro país han venido los terroristas, nos han visto y nos han preguntado cuál era la religión que practicábamos. Han visto el crucifijo, y nos han pedido tirarlo al piso. Mi mujer no lo hizo y la han degollado delante de mí. Nos amábamos mucho".
Este es el ícono que hoy les traigo como regalo aquí. No sé si este hombre está todavía en Lesbos o ha logrado ir a otra parte. No sé si ha sido capaz de huír de ese campo de concentración porque los campos de refugiados... muchos de ellos son campos de concentración, son abandonados ahí, a los pueblos generosos que los acogen, que tienen que llevar adelante este peso porque los acuerdos internacionales parecen ser más importantes que los Derechos Humanos. Y este hombre no tenía rencor. Y él siendo musulmán llevaba adelante esta cruz sin rencor, se refugiaba en el amor de su mujer, que ha recibido la gracia del martirio.
Recordar estos testimonios de la fe y orar en este lugar es un gran don. Es un don para la Comunidad de San Egidio, para la Iglesia de Roma, para todas las Comunidades cristianas de esta ciudad, y para tantos peregrinos. La herencia viva de los mártires nos dona hoy a nosotros paz y unidad. Ellos nos enseñan que, con la fuerza del amor, con la mansedumbre, se puede luchar contra la prepotencia, la violencia, la guerra y se puede realizar con paciencia la paz. Y entonces podemos orar así: «Oh Señor, haznos dignos testimonios del Evangelio y de tu amor; infunde tu misericordia sobre la humanidad; renueva tu Iglesia, protege a los cristianos perseguidos, concede pronto la paz al mundo entero. A ti Señor la Gloria y a nosotros la vergüenza».
(Traducción del Italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)


21 de abril de 2017

ENVEJECER: APERTURA A LO TRASCENDENTE

1.      La vida como éxodo

 A lo largo de la historia han existido muchos términos literarios, poéticos, simbólicos, culturales, religiosos, para expresar el acontecimiento de la vida. Es el gran teatro del mundo, donde cada individuo representa un papel; los ríos que van a dar a la mar, como una corriente impetuosa que a todos nos lleva por delante hacia el morir; la flor del campo que, a pesar de su belleza, enseguida se marchita; un exilio como castigo o venganza de los dioses; un laberinto en el que no se encuentra ninguna salida; un resplandor fugaz en medio de la nada; vanidad de vanidades y todo vanidad, sin que nada responda a la nostalgia más profunda del ser humano. Son formas distintas de expresar una misma realidad que nunca se ha considerado, por la experiencia de todos, como eterna y definitiva.

En la Biblia se emplea con frecuencia otra expresión, que es aceptable incluso para los que no tenga fe, y recoge, tal vez mejor que otras, la vivencia humana de lo que supone el existir. La vida es fundamentalmente un éxodo; alguien que se pone en camino hacia una meta, sin saber la distancia que resta hasta el final, ni las sorpresas que se presentarán en el camino, ni el tiempo que queda por delante. Vivir es una peregrinación continua, en la que no hay posadas que ofrezcan un descanso definitivo, sino que cada día se toma de nuevo el hatillo sobre el hombro para cubrir de nuevo otra etapa.

 Los psicólogos insisten en que, para la maduración humana, es imprescindible aceptar la frustración, provocada por el abandono y la ruptura, que rompen esa especie de omnipotencia infantil que no permite ningún desengaño. Hasta dentro de una visión agnóstica, sin acudir a ninguna dimensión trascendente, es la única condición para vivir con serenidad. *A veces aparece el cansancio de la finitud, que se traduce en el desconsuelo y zozobra ante la vida; pero es el resultado de una mala educación. Nadie puede cansarse de vivir si está educado en el amor a lo finito+. Frente al destino del envejecimiento no cabe tampoco otra alternativa que la de la aceptación pacífica y serena, o la negativa rebelde de quien, aunque no quiera esa reconciliación, no tendrá más remedio que soportarla. La reconciliación suaviza, serena, pacifica, como una terapia espléndida para enfrentarse con una verdad que no resulta atractiva y seductora.

2.      El comienzo de una historia

Pero existe otra perspectiva, todavía más completa, para acercarse a este mismo fenómeno. Me refiero a la posibilidad que tiene el creyente de iluminarlo con un enfoque sobrenatural, que repercute también en su psicología y desborda hacia fuera en la serenidad de su vida. Nada de lo que hemos dicho hasta ahora pierde su valor, cuando se penetra en el mundo de la fe. El psiquismo humano funciona de la misma manera, al margen de las creencias religiosas. Es más, la vejez será más o menos idéntica, según las condiciones peculiares de cada individuo, sin que la dimensión religiosa intervenga de forma directa en el desarrollo de este proceso. Lo que sí posibilita es un nuevo punto de mira que permite contemplar la misma realidad, con otros matices bastantes diferentes.

 El gran mensaje de la revelación -y el salto más difícil para el que confía en su palabra- es que el amor de Dios por sus criaturas está presente en toda la biografía del universo. Ya, desde las primeras páginas del Génesis, se vislumbra el proyecto de Dios sobre la humanidad. Cuando uno se acerca a estos relatos primitivos, no es para encontrar en ellos una preocupación científica o histórica, que explique cómo surgió la vida o cómo se desarrolló todo el proceso hasta la existencia del ser humano. La Biblia no es un libro científico ni una síntesis histórica, que responda a nuestras inquietudes actuales para colmar ignorancias o curiosidades sobre nuestro origen. Sin optar por ninguna hipótesis o teoría, los relatos de la creación, con la belleza e imágenes de una profunda parábola literaria, desean comunicar simplemente una verdad teológica. Dios está al comienzo de la historia más primitiva, con un gesto de cariño creador, para que toda existencia se remita a Él, como a su fuente primera. Es la fe en un creador que realiza su obra a través de múltiples mediaciones humanas, sobre las cuales los científicos podrán discutir.

El creyente solamente añade que, en la aurora de aquel comienzo, la razón última no fue el simple azar, sino el amor que quiso poner en movimiento la creación en la que vivimos, y tantos mundos aún desconocidos sobre los que apenas sabemos nada. Ninguna teoría científica podrá negar esta creencia que tampoco elimina ni destruye las posibles hipótesis sobre las que trabaja la ciencia, aunque pueda darle a sus explicaciones una coherencia mayor. *Al principio creó Dios el cielo y la tierra+ (Gén 1,1) es la gran verdad que recuerda al creyente sus raíces religiosas. Es significativo que el relato se escriba en el momento en que Jerusalén cae en manos de los enemigos, incendian el Templo y muchos judíos son deportados a Babilonia. En esta situación trágica, cuando la esperanza en las promesas de Yahvé parecían caer por tierra, se les recuerda que es Dios quien está al comienzo de su historia, surgida de sus manos poderosas y de su inmenso corazón.

3.      Nada termina con la muerte

Pero la Biblia, ya desde el mismo Antiguo Testamento, ofrece una dato de mayor interés aún. Nada de lo que nace en aquella primera aurora de la creación termina con la destrucción de la muerte -la gran barrera de cualquier utopía humana- ni está destinado al fracaso definitivo. Es la gran verdad de la revelación, aunque con nuestros esquemas es imposible imaginarse, por mucha reflexión que se haga sobre los datos revelados, cómo se realizará semejante transformación.

Hay que reconocer que no tenemos esquemas adecuados para penetrar en ese misterio. Cuando san Pablo afirma que por el bautismo hemos sido sepultados en la muerte de Cristo, nos recuerda que también resucitaremos y viviremos con Él (Rom 6,1-8), pero nadie nos explica cómo. También Jesús muere sin la experiencia de la resurrección, entregándose confiado en las manos del Padre. Desde una visión demasiado helenista hemos pensado siempre en la reanimación milagrosa del cadáver destrozado para unirse definitivamente con el alma inmortal. La concepción bíblica es mucho más totalitaria. El término basar no hace referencia exclusiva al cuerpo, sino que expresa la forma concreta en la que el individuo se relaciona con el contorno de su existencia. Todo su ser -cuerpo, alma, naturaleza, comunidad- está implicado en la duración de cada historia personal, pero bajo el signo de la fragilidad, de la limitación, de la finitud. La salvación ofrecida por Dios no es un simple arreglo estético de la corporalidad destruida por la muerte, sino un nuevo estilo de vivir en el que ninguna realidad humana queda condenada a la destrucción.

Por ello, en las apariciones de Cristo resucitado se nos manifiestan también las cicatrices de su cuerpo, testigos de su pasión y dolor, pues nada de su historia permanece en el olvido. Su vida, rota y destrozada, es acogida por Dios para demostrar que Él tiene la última y definitiva palabra. Lo que fue cruz seguirá presente, pero ahora transformado por la gracia de un encuentro que nos recuerda lo que nunca más volverá a suceder. Es un símbolo espléndido de lo que acontecerá a todos los que confían en su promesa. Ninguna lágrima será inútil, ninguna cicatriz volverá a sangrar, ningún recuerdo provocará la tristeza o desesperación. Nada habremos perdido de nuestra pequeña y limitada historia, pues hasta las huellas más negras del pasado serán motivo de gozo. Tal vez, cuando Jesús nos invita a confiar en su providencia, que cuida de las aves del cielo y de los lirios del campo (Mt 6,25-34), no es una llamada a la ingenuidad, como si todo nos lloviera pasivamente del cielo. Pide buscar primero el reino de Dios y su justicia que lo demás, en el mañana, se nos dará por añadidura. Un anuncio de que, en el más allá, el cariño de Dios hará mucho más con vosotros, cuando la necesidad e indigencia de cualquier índole sean superadas para siempre. La belleza de la creación será, entonces, un pálido reflejo de la plenitud que Él ha destinado a sus criaturas.

4.      Un ser para la resurrección

Es comprensible que la persona mayor mire hacia atrás con un dejo de nostalgia, pues ha tenido que desprenderse de tantas cosas que ya no podrá recuperar. Me impresionaron las confesiones de Simone de Beauvoir, cuando al recordar los libros que ha leído, los lugares visitados, el saber que acumuló, las experiencias tenidas, y hasta el avellano que, alegre, contempló de muchacha, descubre, llena de desconcierto, que todo ha sido un engaño, una falsa ilusión, pues, de repente, ya no queda nada. El creyente verdadero nunca se deja vencer por la añoranza. Si mira hacia el pasado es sólo por descubrir la huella de Dios en su historia, pero su vista está fija en el futuro. La fe le ha hecho comprender que ningún trozo de su biografía podrá perderse. Como si Dios fuera recogiendo todo lo que nos abandona y perdemos para recuperarlo de nuevo, más allá de nuestra existencia temporal. No somos tanto un ser para la muerte, como ha insistido la filosofía existencial, cuando analiza la caducidad de lo humano. Desde la fe tendríamos que hablar de un ser para la resurrección.

También Jesús sintió el desconcierto y la sensación del fracaso, hasta entregar su vida en un gesto de abandono confiado. Y a ese Dios despojado aparentemente de un poder sin límites, en el fracaso y muerte de Jesús -como en tantos fracasos y muertes humanas-, la Iglesia lo proclama como pantocrátor, como el que gobierna todo, como el que tiene al universo en sus manos. Pero su omnipotencia permanece escondida en el misterio de su amor, mientras caminamos por el mundo. Su fuerza aparecerá algún día, cuando descubramos que nada escapó a su providencia y que el triunfo final está asegurado por su promesa inquebrantable. Será el momento de la consumación definitiva, cuando Él sea todo en todo (cf. 1Cor 15,24-27). Mientras tanto, nos queda la esperanza. El Dios que acogió el fracaso y la muerte de Jesús para resucitarlo del sepulcro, nos enseña ya que la cruz no es su palabra definitiva. Desde ese momento hace posible, aunque no lo comprendamos fácilmente, que ninguna realidad, por muy negativa que sea, termina siendo estéril o infecunda.

5.      Jesús siembra una nueva esperanza

 Es recuperar el sentido de una verdad que aceptamos en nuestro Credo, cuando se afirma que Cristo descendió a los infiernos. El sheol era para los judíos el lugar de la muerte, donde no hay sufrimiento, pero tampoco alegría. Es el lugar del silencio en el que, aunque no exista castigo, tampoco se da ninguna retribución. El que ha muerto queda sepultado en la nada, sin ningún otro horizonte que se convierta en castigo o recompensa. Que Jesús baje hasta ese vacío de la humanidad indica que allí, donde sólo imperaba la muerte, deposita una semilla de vida y liberación. Su descenso es un símbolo de que la vuelta al Padre no quiere realizarla en solitario, sin incluir en su triunfo a todos los que vivían sin esperanza. Desde entonces, en el corazón del creyente, no deberían de existir rincones habitados por la tristeza y el desánimo.

La vida, como la vejez y la muerte, es dura, aunque existan momentos de gozo y alegría que suavizan nuestro caminar. Incluso, si no se tiene ningún horizonte trascendente y el único futuro se redujera al silencio eterno de la tumba, la solidaridad altruista no tendría por qué desaparecer, ni el esfuerzo por una mejora de la sociedad o la lucha contra toda forma de opresión o injusticia. Valió la pena vivir, cuando la existencia se entrega al servicio de un mundo mejor, que otros gozarán más adelante. La fe no elimina este compromiso humano, sino que debería densificarlo con mayor fuerza y lo abre a otra perspectiva eterna. Basta recorrer la historia de cualquier ser humano para descubrir las cicatrices que van quedando grabadas en el corazón, recuerdo de acontecimientos pasados. Para el agnóstico queda siempre el recurso a la resignación, pero el horizonte del creyente posibilita una nueva lectura.

6.      Ven, Señor Jesús

Frente a ese derrumbamiento progresivo que la vida nos impone como destino, san Pablo utiliza una metáfora, henchida de una esperanza y optimismo cristiano. También él afirma que nuestra vida es una casa que se derrumba y destruye, pero este hecho no es motivo para la nostalgia y mucho menos para la desesperación. *Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desvanece, tenemos un edificio que viene de Dios, una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos+ (2 Cor 5,1). Morir forma parte de nuestra existencia. El sentido que revista este acontecimiento depende de la perspectiva con la que cada persona lo analice: una tragedia que deberá suavizarse lo más posible; un destino que la naturaleza nos impone a la fuerza y frente al que es inútil luchar; o una llamada que nos abre a otros horizontes. El gran regalo de la fe nos posibilita el vivir esta experiencia como un tiempo de espera. A medida que las sombras se acercan y la vida se extingue, el creyente sabe que Dios está presente en esos momentos para convertir la noche en una eterna alborada.


Pocas oraciones hay tan llenas de optimismo y esperanza como la acción de gracias que elevamos a Dios en el prefacio más antiguo de difuntos: Y así, aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. El Descanse en paz, que tanto se utiliza en la liturgia, y que permanece grabado sobre muchas tumbas, en su forma latina abreviada (R.I.P.), no es una frase vacía para el creyente. Sin negar la dura realidad, la nostalgia no brota por lo que se va perdiendo, sino que mira ilusionada a lo que está por venir. Y cuando el corazón se llena de esta esperanza, brota aquella súplica de la comunidad cristiana primitiva: Ven, Señor Jesús.

Autor: Eduardo López Azpitarte