«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).


NOVIOS


NOS CASAMOS POR LA IGLESIA



¿QUÉ TENEMOS QUE HACER PARA CASARNOS POR LA IGLESIA? 


Lo primero que debemos hacer para casarnos es saber qué es lo que hacemos. Conocer el alcance de nuestra decisión y saber cuál es el compromiso que adquirimos.



  • Casarse es establecer una comunidad íntima de vida y amor conyugal. Es un compromiso de toda      la vida, entendiendo que "toda la vida" se refiere no solo al tiempo de duración del compromiso,   que es para siempre, sino que se refiere también  al objeto mismo del compromiso, es nuestra vida    la que entregamos.
  • Necesitamos saber  quien soy yo y quien es la persona con la que voy a compartir mi vida. Tenemos que saber con quien nos casamos. Tenemos que conocernos mutuamente.
  •  Debemos conocer si estamos dispuestos a dar y compartir nuestra vida.
  •  De todo lo expuesto anteriormente se desprende que para casarse se necesita                madurez. Solamente las personas maduras, que son dueñas de sus actos, pueden dar un consentimiento  irrevocable.

Para los bautizados esta "íntima comunidad de vida y amor"ha sido elevada a la más alta dignidad, ya que se cuenta entre los Sacramentos de la nueva alianza. Los cónyuges cristianos por el sacramento del matrimonio son expresión visible del misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y su Iglesia y participan de ese misterio. Así pues; los cónyuges se santifican viviendo  su matrimonio y aceptando y educando a los hijos.

De aquí la necesidad de la fe para casarse en la Iglesia. Es necesario creer en el misterio de Dios hecho hombre, en Jesús de Nazaret, muerto y resucitado para darnos la vida eterna.  Y es necesaria la fe en la Iglesia, que es el pueblo de Dios. Fe en la comunidad que forman Jesús resucitado y los bautizados.

Lo segundo debe ser prepararnos para la celebración de este sacramento. Casarnos es una decisión muy importante en nuestra vida y las grandes decisiones no se improvisan se preparan. se requiere un tiempo suficiente para la debida preparación al Matrimonio.

Esta preparación debe comprender: 
  •  Los elementos fundamentales de la doctrina cristiana.
  • El significado cristiano del Matrimonio y de la Familia. El Sacramento, su celebración y el significado de los ritos, preces y lecturas.
  • La preparación debe contemplar también aquellos temas de índole antropológica y psicológica que ayuden a los novios a un mejor conocimiento de su persona, del amor y de sus expresiones, del significado del compromiso matrimonial y de la madurez necesaria para adquirirlo.
Si ya tenéis decidido que vais a casaros debéis acudir a vuestra parroquia con tiempo suficiente para poder preparar todo lo necesario para la boda. Tened la delicadeza de consultar en primer lugar con vuestro párroco la fecha elegida para la boda. Sería molesto y enojoso que hubieseis concretado fecha con el restaurante, agencia de viajes, etc.  y luego no fuera posible celebrar la boda en esa fecha por parte de la parroquia.

En la entrevista de acogida vuestro párroco os ayudará en todo lo necesario para celebrar vuestra boda. Sobre todo, os ayudará a prepararos como cristianos para recibir el sacramento y  os indicará los requisitos necesarios para contraer matrimonio cristiano válido.

En relación a las Catequesis Prematrimoniales (cursillos prematrimoniales) que vuestro párroco os indicará que debéis hacer. Os recordará la conveniencia de realizarlas con suficiente antelación para poder optar por una de las distintas opciones que se os ofertan y adecuar las fechas de realización a vuestras necesidades.

¿DÓNDE DEBE CELEBRARSE EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO?
Debe celebrarse en la parroquia donde uno u otro de los contrayentes tiene su domicilio. Para celebrarlo en otro lugar se requiere licencia del Ordinario o del párroco.

Como veis, no hemos hablado para nada del tarje o del vestido de boda, de los viajes, de los invitados, del restaurante, de los gastos, etc. Nos hemos centrado en lo principal, en lo que verdaderamente merece la pena tener en cuenta.

los demás detalles también son importantes y debéis cuidarlos con tiempo para no estar agobiados los días anteriores a la celebración, pero debéis cuidar que nos impidan centraros en lo fundamental: vuestro amor y vuestro compromiso irrevocable de amaros para siempre. 


DOCUMENTACIÓN NECESARIA PARA PREPARAR EL EXPEDIENTE MATRIMONIAL
         a.   Documentos necesarios

Partida de Bautismo con menos de seis meses.
  • Acta de Nacimiento del Registro civil. 
  • Fotocopia del Carnet de Identidad. 
  • Certificado de haber realizado el Curso Prematrimonial. 
           INICIAR EL EXPEDIENTE CON TRES MESES DE ANTELACIÓN
b. ¿Dónde realizar el expediente? 
   En la parroquia de la novia a la que pertenece no en la que esté bautizada (normalmente)
En la parroquia del novio: el exhorto o medio expediente que le entregarán en la parroquia de la novia.
Necesitará dos testigos para el expediente que no sean familiares, mayores de edad y que conozcan bien a la pareja (estos no tiene porqué ser los testigos de la boda que sí podrán ser familiares).

    c. Preparación de la Celebración:

                      Ponerse en contacto con la parroquia dónde se celebrará la boda





    La imagen de Dios es la pareja de esposos   versione testuale
    Esta es la imagen con la que el Papa, este miércoles 2 de abril, concluyó el ciclo de catequesis dedicadas a los sacramentos.

    “La imagen de Dios es la pareja matrimonial. La imagen de Dios con nosotros está allí, está representada en esta alianza entre el hombre y la mujer. Lo ha dicho el Papa -que con la audiencia de hoy ha concluido el ciclo de catequesis dedicado a los sacramentos-, al hablar sobre el sacramento del matrimonio que “nos conduce al corazón del designio de Dios, que es un designio de alianza, de comunión”. “La imagen de Dios es la pareja de esposos” ha afirmado el Papa al abrir la catequesis que fue improvisada casi en su totalidad: “No solamente el varón, el hombre, no sólo la mujer, sino los dos”. Al inicio del libro del Génesis, el primer libro de la Biblia, como coronación del relato de la creación –recordó el Papa-, se dice: “Dios creó el hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer… Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos llegarán a ser una sola carne”. “Somos creados para amar, como reflejo de Dios y de su amor” comentó el Papa: “Y en la unión conyugal el hombre y la mujer realizan esta vocación en el signo de la reciprocidad y de la comunión de vida plena y definitiva”.
    “El matrimonio es icono del amor de Dios”. Lo ha afirmado el Papa, que en la catequesis de la audiencia general de hoy ha explicado que “cuando un hombre y una mujer celebran el sacramento del matrimonio, Dios, por así decir, se ‘refleja’ en ellos, imprime en ellos los propios lineamientos y el carácter indeleble de su amor”. “La Biblia es fuerte, dice “una sola carne”, ha recordado el Papa: “Así de intima es la unión del hombre y de la mujer en el matrimonio, y es justamente este el misterio del matrimonio: el amor de Dios que se refleja en el matrimonio, en la pareja que decide vivir juntos. Por esto el hombre deja su casa, la casa de sus padres, y va a vivir con su mujer y se une tan fuertemente a ella que se transforman en una sola carne”. Más adelante, el Santo Padre ha citado la Carta a los Efesios para explicar que “el matrimonio responde a una vocación específica y debe ser considerado como una consagración”. “El matrimonio es una consagración, el hombre y la mujer están consagrados por este amor” ha subrayado el Papa, quien ha agregado que “los esposos por la fuerza del Sacramento, están investidos por una verdadera y propia misión, de modo que puedan hacer visible, a partir de las cosas simples, comunes, el amor con el que Cristo ama a su Iglesia”.


    DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

    A LA PAREJAS DE NOVIOS QUE SE PREPARAN PARA EL MATRIMONIO
    Plaza de San Pedro

    Viernes 14 de febrero de 2014


    1ª Pregunta: El miedo del «para siempre»

    Santidad, son muchos los que hoy piensan que prometerse fidelidad para toda la vida sea una empresa demasiado difícil; muchos sienten que el desafío de vivir juntos para siempre es hermoso, fascinante, pero demasiado exigente, casi imposible. Le pedimos su palabra que nos ilumine sobre esto.
    Agradezco el testimonio y la pregunta. Os explico: ellos me enviaron las preguntas con antelación. Se comprende. Así, yo pude reflexionar y pensar una respuesta un poco más sólida. Es importante preguntarse si es posible amarse «para siempre». Ésta es una pregunta que debemos hacer: ¿es posible amarse «para siempre»? Muchas personas hoy tienen miedo de hacer opciones definitivas. Un joven decía a su obispo: «Yo quiero llegar a ser sacerdote, pero sólo por diez años». Tenía miedo a una opción definitiva. Pero es un miedo general, propio de nuestra cultura. Hacer opciones para toda la vida, parece imposible. Hoy todo cambia rápidamente, nada dura largamente. Y esta mentalidad lleva a muchos que se preparan para el matrimonio a decir: «estamos juntos hasta que dura el amor», ¿y luego? Muchos saludos y nos vemos. Y así termina el matrimonio. ¿Pero qué entendemos por «amor»? ¿Sólo un sentimiento, uno estado psicofísico? Cierto, si es esto, no se puede construir sobre ello algo sólido. Pero si en cambio el amor es una relación , entonces es una realidad que crece, y podemos incluso decir, a modo de ejemplo, que se construye como una casa. Y la casa se construye juntos, no solos. Construir significa aquí favorecer y ayudar el crecimiento. Queridos novios, vosotros os estáis preparando para crecer juntos, construir esta casa, vivir juntos para siempre. No queréis fundarla en la arena de los sentimientos que van y vienen, sino en la roca del amor auténtico, el amor que viene de Dios. La familia nace de este proyecto de amor que quiere crecer como se construye una casa, que sea espacio de afecto, de ayuda, de esperanza, de apoyo. Como el amor de Dios es estable y para siempre, así también el amor que construye la familia queremos que sea estable y para siempre. Por favor, no debemos dejarnos vencer por la «cultura de lo provisional». Esta cultura que hoy nos invade a todos, esta cultura de lo provisional. ¡Esto no funciona! Por lo tanto, ¿cómo se cura este miedo del «para siempre»? Se cura día a día, encomendándose al Señor Jesús en una vida que se convierte en un camino espiritual cotidiano, construido por pasos, pasos pequeños, pasos de crecimiento común, construido con el compromiso de llegar a ser mujeres y hombres maduros en la fe. Porque, queridos novios, el «para siempre» no es sólo una cuestión de duración. Un matrimonio no se realiza sólo si dura, sino que es importante su calidad. Estar juntos y saberse amar para siempre es el desafío de los esposos cristianos. Me viene a la mente el milagro de la multiplicación de los panes: también para vosotros el Señor puede multiplicar vuestro amor y donarlo a vosotros fresco y bueno cada día. ¡Tiene una reserva infinita de ese amor! Él os dona el amor que está en la base de vuestra unión y cada día lo renueva, lo refuerza. Y lo hace aún más grande cuando la familia crece con los hijos. En este camino es importante y necesaria la oración, siempre. Él para ella, ella para él y los dos juntos. Pedid a Jesús que multiplique vuestro amor. En la oración del Padrenuestro decimos: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Los esposos pueden aprender a rezar también así: «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día», porque el amor cotidiano de los esposos es el pan, el verdadero pan del alma, el que les sostiene para seguir adelante. Y la oración: ¿podemos ensayar para saber si sabemos recitarla? «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día». ¡Todos juntos! [novios: «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día»]. ¡Otra vez! [novios: «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día»]. Ésta es la oración de los novios y de los esposos. ¡Enséñanos a amarnos, a querernos! Cuanto más os encomendéis a Él, tanto más vuestro amor será «para siempre», capaz de renovarse, y vencerá toda dificultad. Esto pensé deciros, respondiendo a vuestra pregunta. ¡Gracias!

    2ª Pregunta: Vivir juntos: el «estilo» de la vida matrimonial

    Santidad, vivir juntos todos los días es hermoso, da alegría, sostiene. Pero es un desafío que hay que afrontar. Creemos que es necesario aprender a amarse. Hay un «estilo» de la vida de la pareja, una espiritualidad de lo cotidiano que queremos aprender. ¿Puede ayudarnos en esto, Padre Santo?
    Vivir juntos es un arte, un camino paciente, hermoso y fascinante. No termina cuando os habéis conquistado el uno al otro... Es más, es precisamente entonces cuando inicia. Este camino de cada día tiene normas que se pueden resumir en estas tres palabras que tú has dicho, palabras que ya he repetido muchas veces a las familias, y que vosotros ya podéis aprender a usar entre vosotros: permiso, o sea, «puedo», tú dijiste gracias, y perdón .
    «¿Puedo, permiso?». Es la petición gentil de poder entrar en la vida de otro con respeto y atención. Es necesario aprender a preguntar: ¿puedo hacer esto? ¿Te gusta si hacemos así, si tomamos esta iniciativa, si educamos así a los hijos? ¿Quieres que salgamos esta noche?... En definitiva, pedir permiso significa saber entrar con cortesía en la vida de los demás. Pero escuchad bien esto: saber entrar con cortesía en la vida de los demás. Y no es fácil, no es fácil. A veces, en cambio, se usan maneras un poco pesadas, como ciertas botas de montaña. El amor auténtico no se impone con dureza y agresividad. En las Florecillas de san Francisco se encuentra esta expresión: «Has de saber, hermano carísimo, que la cortesía es una de las propiedades de Dios... la cortesía es hermana de la caridad, que extingue el odio y fomenta el amor» (Cap. 37). Sí, la cortesía conserva el amor. Y hoy en nuestras familias, en nuestro mundo, a menudo violento y arrogante, hay necesidad de mucha más cortesía. Y esto puede comenzar en casa.
    «Gracias» . Parece fácil pronunciar esta palabra, pero sabemos que no es así. ¡Pero es importante! La enseñamos a los niños, pero después la olvidamos. La gratitud es un sentimiento importante: ¿recordáis el Evangelio de Lucas? Una anciana, una vez, me decía en Buenos Aires: «la gratitud es una flor que crece en tierra noble». Es necesaria la nobleza del alma para que crezca esta flor. ¿Recordáis el Evangelio de Lucas? Jesús cura a diez enfermos de lepra y sólo uno regresa a decir gracias a Jesús. Y el Señor dice: y los otros nueve, ¿dónde están? Esto es válido también para nosotros: ¿sabemos agradecer? En vuestra relación, y mañana en la vida matrimonial, es importante tener viva la conciencia de que la otra persona es un don de Dios, y a los dones de Dios se dice ¡gracias!, siempre se da gracias. Y con esta actitud interior decirse gracias mutuamente, por cada cosa. No es una palabra gentil que se usa con los desconocidos, para ser educados. Es necesario saber decirse gracias, para seguir adelante bien y juntos en la vida matrimonial.
    La tercera: «Perdón» . En la vida cometemos muchos errores, muchas equivocaciones. Los cometemos todos. Pero tal vez aquí hay alguien que jamás cometió un error. Levante la mano si hay alguien allí, una persona que jamás cometió un error. Todos cometemos errores. ¡Todos! Tal vez no hay un día en el que no cometemos algún error. La Biblia dice que el más justo peca siete veces al día. Y así cometemos errores... He aquí entonces la necesidad de usar esta sencilla palabra: «perdón». En general, cada uno de nosotros es propenso a acusar al otro y a justificarse a sí mismo. Esto comenzó con nuestro padre Adán, cuando Dios le preguntó: «Adán ¿tú has comido de aquel fruto? ». «¿Yo? ¡No! Es ella quien me lo dio». Acusar al otro para no decir «disculpa », «perdón». Es una historia antigua. Es un instinto que está en el origen de muchos desastres. Aprendamos a reconocer nuestros errores y a pedir perdón. «Perdona si hoy levanté la voz»; «perdona si pasé sin saludar»; «perdona si llegué tarde», «si esta semana estuve muy silencioso», «si hablé demasiado sin nunca escuchar»; «perdona si me olvidé»; «perdona, estaba enfadado y me la tomé contigo». Podemos decir muchos «perdón» al día. También así crece una familia cristiana. Todos sabemos que no existe la familia perfecta, y tampoco el marido perfecto, o la esposa perfecta. No hablemos de la suegra perfecta... Existimos nosotros, pecadores. Jesús, que nos conoce bien, nos enseña un secreto: no acabar jamás una jornada sin pedirse perdón, sin que la paz vuelva a nuestra casa, a nuestra familia. Es habitual reñir entre esposos, porque siempre hay algo, hemos reñido. Tal vez os habéis enfadado, tal vez voló un plato, pero por favor recordad esto: no terminar jamás una jornada sin hacer las paces. ¡Jamás, jamás, jamás! Esto es un secreto, un secreto para conservar el amor y para hacer las paces. No es necesario hacer un bello discurso. A veces un gesto así y... se crea la paz. Jamás acabar... porque si tú terminas el día sin hacer las paces, lo que tienes dentro, al día siguiente está frío y duro y es más difícil hacer las paces. Recordad bien: ¡no terminar jamás el día sin hacer las paces! Si aprendemos a pedirnos perdón y a perdonarnos mutuamente, el matrimonio durará, irá adelante. Cuando vienen a las audiencias o a misa aquí a Santa Marta los esposos ancianos que celebran el 50° aniversario, les pregunto: «¿Quién soportó a quién?» ¡Es hermoso esto! Todos se miran, me miran, y me dicen: «¡Los dos!» Y esto es hermoso. Esto es un hermoso testimonio.

    3ª Pregunta: El estilo de la celebración del Matrimonio

    Santidad, en estos meses estamos haciendo muchos preparativos para nuestra boda. ¿Puede darnos algún consejo para celebrar bien nuestro matrimonio?
    Haced todo de modo que sea una verdadera fiesta —porque el matrimonio es una fiesta—, una fiesta cristiana, no una fiesta mundana. El motivo más profundo de la alegría de ese día nos lo indica el Evangelio de Juan: ¿recordáis el milagro de las bodas de Caná? A un cierto punto faltó el vino y la fiesta parecía arruinada. Imaginad que termina la fiesta bebiendo té. No, no funciona. Sin vino no hay fiesta. Por sugerencia de María, en ese momento Jesús se revela por primera vez y hace un signo: transforma el agua en vino y, haciendo así, salva la fiesta de bodas. Lo que sucedió en Caná hace dos mil años, sucede en realidad en cada fiesta de bodas: lo que hará pleno y profundamente auténtico vuestro matrimonio será la presencia del Señor que se revela y dona su gracia. Es su presencia la que ofrece el «vino bueno», es Él el secreto de la alegría plena, la que calienta verdaderamente el corazón. Es la presencia de Jesús en esa fiesta. Que sea una hermosa fiesta, pero con Jesús. No con el espíritu del mundo, ¡no! Esto se percibe, cuando el Señor está allí.
    Al mismo tiempo, sin embargo, es bueno que vuestro matrimonio sea sobrio y ponga de relieve lo que es verdaderamente importante. Algunos están más preocupados por los signos exteriores, por el banquete, las fotos, los vestidos y las flores... Son cosas importantes en una fiesta, pero sólo si son capaces de indicar el verdadero motivo de vuestra alegría: la bendición del Señor sobre vuestro amor. Haced lo posible para que, como el vino de Caná, los signos exteriores de vuestra fiesta revelen la presencia del Señor y os recuerden a vosotros y a todos los presentes el origen y el motivo de vuestra alegría.
    Pero hay algo que tú has dicho y que quiero retomar al vuelo, porque no quiero dejarlo pasar. El matrimonio es también un trabajo de todos los días, podría decir un trabajo artesanal, un trabajo de orfebrería, porque el marido tiene la tarea de hacer más mujer a su esposa y la esposa tiene la tarea de hacer más hombre a su marido. Crecer también en humanidad, como hombre y como mujer. Y esto se hace entre vosotros. Esto se llama crecer juntos. Esto no viene del aire. El Señor lo bendice, pero viene de vuestras manos, de vuestras actitudes, del modo de vivir, del modo de amaros. ¡Hacernos crecer! Siempre hacer lo posible para que el otro crezca. Trabajar por ello. Y así, no lo sé, pienso en ti que un día irás por las calles de tu pueblo y la gente dirá: «Mira aquella hermosa mujer, ¡qué fuerte!...». «Con el marido que tiene, se comprende». Y también a ti: «Mira aquél, cómo es». «Con la esposa que tiene, se comprende». Es esto, llegar a esto: hacernos crecer juntos, el uno al otro. Y los hijos tendrán esta herencia de haber tenido un papá y una mamá que crecieron juntos, haciéndose —el uno al otro— más hombre y más mujer.
                               

    EL MATRIMONIO SEGÚN EL DERECHO CANÓNICO

    El papa Benedicto XV, en la fiesta de Pentecostés de año 1917, promulgaba el Código de Derecho canónico, que recogía, por primera vez, todas las leyes y normas jurídicas eclesiásticas dispersas en varios decretos y decretales, entre las que se encontraban las referentes al matrimonio. Posteriormente, el papa Juan Pablo II, ante la necesidad de reformarlo y actualizarlo al espíritu de concilio Vaticano II, el 25 de enero de 1983 promulgaba el nuevo y actual Código de Derecho canónico que establece sobre el matrimonio: su definición, propiedades, consentimiento de los cónyuges, esponsales, impedimentos que lo obstaculizan, causas y efectos de la nulidad y de la separación matrimonial y ciertos privilegios matrimoniales, a los que el Código civil de España da su eficacia civil plena según sus artículos 60 – 64.

    Definición, Propiedades y Consentimiento del Matrimonio (cc. 1.055-1070).

    El Derecho canónico  define el matrimonio: “Es la alianza por la cual el varón y la mujer constituyen entre si un consorcio de toda la vida ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la procreación y educación de la prole, elevado por Cristo a la dignidad de sacramento entre los bautizados”. Según dicho texto, el matrimonio es una alianza y un sacramento entre bautizados católicos.

    Como alianza es un contrato institucional entre un hombre y una mujer para toda la vida ordenado naturalmente para el bien de los cónyuges y para procreación y educación de sus hijos. Como sacramento es un signo sensible cristiano que significa y da la gracia a los cónyuges bautizados para cumplir sus fines matrimoniales.

    Sus propiedades son la unidad y la indisolubilidad. El matrimonio cristiano católico es monogámico, excluye el matrimonio plurigámico de un hombre con varias mujeres o de una mujer con varios hombres y el de personas del mismo (homosexuales y lesbianas) y no se puede disolver por el divorcio por ser el matrimonio una alianza personal y un consorcio natural para toda la vida.

    El consentimiento matrimonial,  por el que el hombre y la mujer jurídicamente hábiles se entregan y se aceptan mutuamente  en alianza personal irrevocable como un consorcio para toda la vida, produce el matrimonio en virtud del principio consensus facit nupcias, que ningún poder humano puede suplir.

    La promesa de matrimonio tanto unilateral como bilateral, llamada esponsales,  se rige por el derecho particular que haya establecido la Conferencia Episcopal teniendo en cuenta las costumbres y leyes civiles. No da derecho a pedir la celebración del matrimonio, pero sí al resarcimiento de daños causados u ocasionados.

    El matrimonio se llama rato si es válido, rato y consumado si los cónyuges han realizado el acto conyugal, y putativo si el matrimonio  es inválido. En caso de dudas sobre la existencia  del matrimonio se ha de estar a favor de su validez, salvo prueba en contrario. El párroco debe hacer las debidas investigaciones establecidas por la Conferencia Episcopal examinando a los cónyuges y proclamando la celebración de su matrimonio con la finalidad de conocer si existe algún impedimento que lo obstaculice. Los fieles que conozcan algún impedimento tienen obligación de manifestarlo al párroco o al obispo de la diócesis.

    Impedimentos Matrimoniales (c.1083 -1094)

    El Derecho canónico impide el matrimonio a las personas por razones de edad, impotencia, ligamen, disparidad de cultos, orden, voto de castidad, rapto, crimen, consanguinidad, afinidad, pública honestidad y adopción.

    Por edad, a los varones menores de dieciséis años y las mujeres menores de catorce años. Por impotencia del varón o de la mujer para realizar físicamente la cópula o el acto conyugal. Por anterior matrimonio, salvo que haya sentencia canónica de  su nulidad. Por disparidad de cultos entre una persona  bautizada en la Iglesia católica o recibida en su seno y  otra no bautizada.

    Por razón del orden, a los varones que han recibido las órdenes sagradas de  episcopado, presbiterado y diaconado. Están excluidos los varones casados ordenados de diáconos. Por razón del voto, a las personas, hombres y mujeres, que estén vinculados por el voto perpetuo de castidad en un instituto religioso. Los eremitas, anacoretas, miembros de institutos seculares y de sociedades de vida apostólica no están sujetos a este impedimento.

    Por  razón del rapto, al varón que rapta o retiene a una mujer contra su voluntad para contraer matrimonio con ella. Por razón del crimen, al que, con el fin de contraer matrimonio con una determinada persona, mata al cónyuge de ésta o su propio cónyuge. Por razón de consanguinidad en línea recta, a todos los ascendientes y descendientes entre sí en cualquier grado, sean legítimos o naturales; y en línea colateral, a todos los parientes hasta el cuarto grado inclusive.

    Por razón de pública honestidad, al matrimonio inválido o en concubinato notorio o público en primer grado de línea recta entre el varón y las consanguíneas de la mujer o viceversa. Por razón de adopción, en línea recta entre los adoptantes y el adoptado y en segundo grado en línea colateral entre los hijos naturales y adoptados de aquellos.

    Los impedimentos de impotencia natural y de consanguinidad en línea recta no son dispensables por prohibirlos el Derecho natural. Los  de orden y de voto perpetuo son dispensables por el Papa, y todos los demás son dispensables por el obispo diocesano.

    Nulidad Matrimonial (cc.1095-1103)

    El matrimonio según el Derecho canónico es nulo por falta del consentimiento matrimonial de los cónyuges, por el error acerca de la persona con la que se contrae matrimonio, por el engaño provocado para obtener el consentimiento acerca de la cualidad del otro contrayente que por su naturaleza puede perturbar gravemente el consorcio de vida conyugal, por contraer matrimonio bajo la condición de futuro y  por la violencia o miedo grave proveniente de una causa externa.

    Carecen del consentimiento matrimonial: Quienes no tienen suficiente uso de razón, quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio sobre los derechos y deberes esenciales del matrimonio, quienes no pueden asumir las obligaciones del matrimonio debido a causas de naturaleza física (trastornos mentales), quienes ignoran que el matrimonio es un consorcio permanente entre un hombre y una mujer ordenado por naturaleza a la propagación de la prole mediante cierta cooperación sexual, y quienes excluyen con un acto positivo de la voluntad el matrimonio mismo o un elemento esencial del matrimonio  o una propiedad esencial.

    La Separación Matrimonial (cc.1151-1155).

    El cónyuge inocente tiene derecho a separarse del otro cónyuge por adulterio, siempre que sea sin su consentimiento ni sea motivado ni cometido ni perdonado expresa o tácitamente por él. Se presume que hay perdón, cuando pasan seis meses de convivencia conyugal sin que el cónyuge inocente acuda a la autoridad civil o eclesiástica. Asimismo, uno de los cónyuges tiene derecho a separarse del otro, si éste pone en grave peligro espiritual o corporal al otro cónyuge o a los hijos o hace  demasiada dura la vida en común.

    Los efectos de la separación no afectan al vínculo matrimonial, pero afectan a la convivencia matrimonial, es decir, al lecho, mesa y habitación subsistiendo los deberes de los cónyuges en la sustentación y educación de los hijos.

    Privilegios Matrimoniales (cc.1141-1150)

    El matrimonio rato y consumado entre católicos no puede ser disuelto por nadie. Sin embargo, el Romano Pontífice por privilegio petrino puede disolver el matrimonio rato pero no consumado entre católicos y el matrimonio rato y consumado entre una parte bautizada y otra no bautizada.

    Por Privilegio paulino (1Cor.7, 12-15), el Obispo diocesano puede disolver el matrimonio monogámico entre dos personas no bautizadas, siempre que una de ellas reciba el bautismo, y el matrimonio poligámico de un no bautizado casado con varias mujeres, siempre que él reciba el bautismo, elija una de las  mujeres y se case con ella. Asimismo, puede contraer nuevo matrimonio canónico el no bautizado que recibe el bautismo en la Iglesia católica y que por razones de cautividad o de persecución no le es posible restablecer la cohabitación con el otro cónyuge no bautizado.
    La disolución canónica de dichos matrimonios presenta graves dificultades jurídicas y técnicas con el Código Civil. Sin embargo, el Estado Español les reconoce eficacia civil, siempre que se acomoden a dicho código, conforme al artículo 984 de la Ley de Enjuiciamiento Civil.

    Eficacia civil de los Matrimonios Eclesiásticos (arts. 60- 64).

    El Código civil de España establece: El matrimonio celebrado según  las normas del Derecho canónico o en cualquiera de las formas religiosas de las confesiones inscritas en el Registro de Entidades Religiosas en los términos acordados por el Estado producen efectos civiles. Para su pleno reconocimiento  será necesaria su inscripción en el Registro Civil, que se practicará con simple certificación de la Iglesia católica o confesión respectiva. Se denegará cuando  de  los documentos presentados o de los asientos del Registro Civil conste que el matrimonio no reúne los requisitos para su validez. El matrimonio no inscripto no perjudicará los derechos adquiridos de buena fe por terceras personas.
    José Barros Guede.
    Fuente: Ecclesia




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